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Editoriales


La Huelga en Líbano
Reforma / Internacional
Enrique Ochoa Reza
Jan 25, 2007

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No ha de ser fácil convocar a una huelga general. Tampoco ha de ser fácil ejecutarla. ¿Cómo paralizar a un país de 4 millones de habitantes? ¿Cómo impedir que trabajen incluso aquellos que no comparten los motivos políticos detrás de la huelga?


Cuando uno ve el plan que se puso en marcha desde Tiro -al sur de Líbano- la respuesta parece sencilla: prendiendo fuego a llantas amontonadas en las principales calles de la ciudad. Esto se repitió el martes 23 de enero en Beirut y en los accesos a otras ciudades, convirtiendo la huelga en una realidad.


Miles de Libaneses que compartieron los objetivos de la huelga salieron a las calles, celebrando con música, banderas y gritos. Miles más, que no estaban a favor de la huelga, la siguieron en la radio o la televisión pues no pudieron llegar al trabajo, a la escuela o al aeropuerto. El Ejército estuvo en las calles, pero no intervino en lo que sucedió. Las humaredas se veían en el horizonte de ciudad en ciudad. El martes, el país no pudo trabajar.


La huelga general, de un sólo día, fue convocada por una alianza de partidos de oposición de diversas religiones, encabezados por el partido chiita Hezbolá. Esta protesta es un paso adicional en la crisis política que sobrevive el Gobierno del Primer Ministro Fouad Siniora, del partido sunita Movimiento para el Futuro. Hasta ahora, las protestas se habían limitado a establecer, hace mes y medio, un plantón permanente en las plazas del centro de Beirut y algunos plantones ocasionales en diversas oficinas de Gobierno.


El objetivo de la oposición es que se establezca un Gobierno de "Unidad Nacional". En el cual, el Primer Ministro comparta las decisiones del Gobierno con los partidos que actualmente no forman parte de la coalición gobernante. Esto le daría de hecho un poder de veto a la oposición sobre medidas esenciales de política pública. Si el Gobierno no cede, entonces piden la celebración de elecciones adelantadas. El Gobierno, por otro lado, tiene dos razones de peso para desestimar las demandas de la oposición.


Primero, gracias a una ley electoral favorable, el partido de Siniora y sus aliados tienen el control de más de la mitad del Parlamento, por lo cual formalmente no necesitan de los partidos opositores para gobernar.


Segundo, si bien la Constitución establece que el Presidente debe ser cristiano y el líder del Parlamento debe ser chiita, la oficina de Gobierno más importante es la del Primer Ministro y este debe ser sunita. Así, con la Ley Electoral y la Constitución en la mano, el Gobierno de Siniora pretende seguir gobernando un país políticamente dividido a nivel religioso, socioeconómico y regional.


Por si esto fuera poco, la crisis política de Líbano y su más reciente manifestación, la huelga general, se dan en el contexto de dos eventos internacionales que de alguna manera retroalimentan el conflicto interno.

 


Por un lado, todavía se vive la secuela del enfrentamiento armado contra Israel en el verano del 2006, donde las fuerzas de Hezbolá encabezaron la resistencia y la consecuente defensa territorial. A la fecha, varios puentes de las principales carreteras del país, que fueron destruidos por la Fuerza Aérea israelí, continúan inservibles.


En el sur, la principal región chiita, la situación es particularmente difícil. Diversos poblados fueron sensiblemente afectados y han quedado sembradas un millón de bombas latentes que limitan el restablecimiento de la vida cotidiana. Este es el principal bastión político de Hezbolá, donde su brazo social participa activamente en los trabajos de reconstrucción gracias al apoyo económico de Siria e Irán.


Por otro lado, hoy inicia la conferencia Paris III, donde el Gobierno de Siniora buscará capitalizar el apoyo de los Estados Unidos, Europa y el mundo árabe para obtener nuevos recursos a cambio de promover un plan económico neoliberal. Los asistentes a esa reunión respaldan al Gobierno libanés, ven con recelo la creciente influencia de Irán en la región y algunos de ellos califican a Hezbolá como una peligrosa organización terrorista.


En suma, Líbano parece encaminado a ser el espacio para una "guerra fría" entre dos bandos que se ven con recelo: Irán y sus aliados por un lado, y los Estados Unidos y los suyos por el otro.


Nadie en Líbano desconoce los beneficios de vivir en paz, ni los riesgos de seguir el camino de la confrontación. Al fin de cuentas, este país ha sido en distintos momentos -a lo largo de los últimos 35 años- tanto la única nación democrática del mundo árabe, como la sede de una de las más lamentables guerras civiles de la región. ¿Cuál de las dos alternativas será su camino a seguir?

 


* Enrique Ochoa Reza es profesor de Derecho Constitucional de la UNAM su pagina de internet es www.enriqueochoareza.com



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