Hace cuatro días que se desató la violencia en Líbano y es difícil pronosticar cómo se va a detener. En el norte, en la ciudad de Trípoli, el ejército libanés combate con miembros del grupo terrorista Fatah al-Islam que se encuentran resguardados principalmente en el campamento palestino Nahr al-Bared.
En Beirut, un coche bomba explotó alrededor de la medianoche del domingo, cerca de un famoso centro comercial, mató a una mujer e hirió a 20 personas más. En la noche del lunes, casi 24 horas después, otro coche bomba explotó en una zona comercial dejando a cuando menos 10 personas heridas, incluyendo a dos niños.
Por difícil que parezca, estos actos de violencia -si bien demandan atención inmediata- no son el principal problema político que tiene Líbano. De hecho son tan sólo una lamentable manifestación de la confrontación política entre el gobierno y la oposición que durante más de seis meses le ha abierto las puertas al encono y a la división en este país.
La crisis tiene dos bandos, cada uno cuenta con el respaldo de coaliciones multipartidistas al interior del sistema político libanés y con sendos aliados internacionales. Es, además, un reflejo de la crisis latente entre sunitas y chiitas que amenaza a otros países del Medio Oriente.
Por un lado está el gobierno del Primer Ministro sunita, Fouad Siniora, y su coalición mayoritaria en el Parlamento compuesta, principalmente, por su partido Movimiento para el Futuro y el partido cristiano Fuerzas Libanesas. Este grupo cuenta con el respaldo de Estados Unidos, Francia y Arabia Saudita. Por el otro, se encuentra la oposición, encabezada por el líder del Parlamento, el chiita Nabah Berri, y el Presidente cristiano-maronita, Emile Lahoud. Ambos tienen el respaldo de los partidos chiitas Hezbollah y Amal, del partido cristiano Movimiento Patriótico Libre, así como de los gobiernos de Irán y Siria. El choque de fuerzas difícilmente podría ser más peligroso para la estabilidad futura de Líbano.
Desde el 1 de diciembre del 2006, la oposición mantiene campamentos civiles en las principales plazas del centro de Beirut, en una señal de protesta que mucho se parece a lo que los mexicanos observamos en el Paseo de la Reforma después de la elección presidencial. El objetivo opositor es que el Primer Ministro Siniora convoque a un "gobierno de unidad" donde la oposición tenga suficientes miembros en el gabinete para vetar cualquier decisión de política pública que no les convenza.
Para ejercer mayor presión, el líder del Parlamento Berri se ha negado a convocar al Parlamento, cuyo periodo de sesiones debió haber iniciado el pasado 20 de marzo. Así, Nabah Berri ha redefinido el término oposición pues ha paralizado, por sí solo, todos los trabajos legislativos.
Esto incluye la aprobación para establecer un Tribunal Internacional con el mandato de resolver el asesinato del ex Primer Ministro Rafik Hariri, ocurrido hace dos años y cuyas primeras investigaciones apuntan al régimen de Siria. La oposición considera que el Tribunal puede usarse como una herramienta política en su contra, mientras el gobierno asegura que ésta es la única vía para castigar efectivamente a los responsables del crimen. Esto por sí solo ya dice mucho sobre la capacidad del gobierno para administrar su sistema de justicia.
El asunto no es menor y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU discuten, a petición del Primer Ministro Siniora, la posibilidad de establecer el Tribunal Internacional sobrepasando el impasse del Parlamento libanés. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña se han manifestado a favor. Rusia, quien se identifica con Siria, pide paciencia y China guarda silencio.
Rafik Hariri murió embestido por un coche bomba que dejó un cráter de tres metros de profundidad y 21 muertos a la redonda. Su asesinato dio inicio al movimiento democratizador que el mundo conoció como la Revolución del Cedro y que culminó con el retiro de las tropas de Siria de territorio libanés, después de tres décadas de presencia. Esclarecer el crimen puede traer mayores actos de violencia en Líbano. Los responsables difícilmente se quedarán con los brazos cruzados. Pero la impunidad a la larga abre un escenario peor.
Los coches bomba que han explotado en Beirut pueden tener como nuevo destino a otro líder político, o peor aun, pueden detonarse en lugares y tiempos más concurridos. El Tribunal Internacional es la mejor salida para terminar, a la larga, con los días de violencia en Líbano.
El autor es editorialista invitado y candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Columbia (enrique.ochoareza@gmail.com)
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