En el estadio de Nuremberg había más de 20 mil mexicanos siguiendo a su Selección. Muchos hicieron el viaje mundialista en autobús, automóvil o tren. Además de los goles, será un éxito para México si entre partido y partido esta clase media pujante mira por la ventana. Lo que ven no es sólo el presente alemán; con su empuje pueden estar viendo el futuro próximo de nuestro país.
La distancia de Berlín a Nuremberg es de 416 kilómetros, distancia similar a la que separa a Guadalajara del DF. El trayecto en Alemania se recorre por una autopista impecable, segura y gratuita. No hay piedras en el camino, baches mal tapados ni casetas de cobro. Cada 40 kilómetros hay servicios completos de gasolinería, restaurante y área de descanso. Uno de los tres carriles se ocupa por camiones de carga que llevan productos de región en región. En las tres horas de camino no se ven asentamientos irregulares de pobreza.
México no es Alemania y como México no hay dos. ¿Pero no habrá llegado el tiempo de tener comunicaciones terrestres como en Alemania, una carretera a la vez?
La autopista de Berlín a Nuremberg, como hoy se transita, se construyó después de la reunificación alemana en 1990. Al tiempo, en México construíamos la celebre Autopista del Sol entre Acapulco y el DF, la cual no se ha dejado de deslavar. Lo mismo puede decirse de otros tramos carreteros de cuota en el país construidos y reparchados en los últimos 15 años.
Los candidatos a la Presidencia han descrito la necesidad de unir los puertos del Golfo de México y del Océano Pacífico por franjas carreteras de alta calidad. Más allá del Presidente que haga realidad dicho proyecto, no se deben de cometer los mismos errores del pasado. A nadie le sirve tener carreteras poco transitadas por caras, poco confiables o inseguras.
El debate no es únicamente si las carreteras se deben construir y operar por el sector privado o público. Más allá de ello, deben existir estándares técnicos por cumplir y fincar costos y responsabilidades a quienes no entreguen los resultados esperados. Ésa debe de ser una de las nuevas exigencias.
Durante el trayecto carretero entre las sedes mundialistas, los seguidores verdes se identifican por la camiseta y la bandera. Los alemanes los reciben bien en cada parada. La plática internacional es amena, la comunicación es fácil.
Muchos alemanes en Berlín y en Nuremberg hablan inglés, algunos incluso hablan también español. Entre el policía, la niña en el café o el joven de origen turco que vende gyros en el centro hay cierto nivel uniforme en el uso del idioma inglés. Cuando uno les pregunta, ¿por qué hablas inglés si Alemania no tiene frontera con un país que lo hable? Lo aprendí en la escuela, dicen. La uniformidad lingüística no es producto del origen socioeconómico de sus padres, la escuela pública en Alemania es bilingüe.
De nuevo, Alemania no es México, ¿pero no habrá llegado el tiempo de tener servicios de educación pública de alta calidad una escuela a la vez?
A pocos meses del inicio de un nuevo sexenio se puede hacer un simple compromiso. Que todo mexicano que nazca del 2006 en adelante pueda aprender inglés en su escuela pública. Esto nos da cinco años de tránsito entre ahora y la fecha en que el primer mexicano de la generación 2006 empiece la primaria. ¿Qué tenemos por hacer?
Primero, evaluar cada una de las escuelas del país anualmente y hacer los resultados de dicha evaluación públicos y accesibles para las madres de familia. Ellas serán el motor de cambio en las escuelas de sus hijos. Para ello, necesitan saber si su escuela está mejor o peor con respecto al año anterior. Paralelamente, vamos entendiendo cómo otros países han incorporado con éxito en sus escuelas públicas la enseñanza de un segundo idioma. Finalmente, empecemos programas piloto en algunos estados de la República, de diverso nivel económico.
El Mundial demuestra lo que los mexicanos podemos hacer en un contexto de competencia internacional.
Enrique Ochoa Reza es profesor de Derecho Constitucional en la UNAM.